Autor: Amancio Ojeda

  • Los líderes que hoy urgen en las empresas

    Los líderes que hoy urgen en las empresas

    Sé que como gerente o director de una organización te ha tocado mirar el tablero desde arriba y sentir, en no pocas ocasiones, que algo cruje. Tienes a tu disposición la tecnología más avanzada de la historia humana; herramientas digitales, algoritmos y sistemas de gestión que prometían simplificarte la vida. Sin embargo, en los pasillos de tu empresa, en las reuniones de comité ejecutivo o en la dinámica diaria de tu equipo, sigues tropezando con los mismos viejos fantasmas: la mediocridad que resiste, la victimización que paraliza y la dañina creencia de que “ya no hay nada que hacer”.

    Te ves enfrentado, entonces, a una encrucijada crucial. Ante la complejidad de transformar una cultura organizacional, la tentación más grande e inmediata es caer en el lugar más fácil: la radicalización.

    Es muy fácil atrincherarse en una postura, sostener la razón a toda costa y decretar desde la cima del organigrama un “se hace así o no se hace”. Nos hemos acostumbrado a líderes radicales que prefieren aferrarse a posiciones inamovibles antes que flexibilizar sus criterios, por el temor atávico a ser percibidos como débiles o complacientes. Pero aquí entre nos: plantarse en la acera de enfrente no exige coraje, exige ceguera.

    La radicalización y el anacronismo no son muestras de firmeza; son, en el fondo, la evidencia de un profundo miedo a convivir con la diversidad, a co-crear y a articular posibilidades en un entorno que te exige agilidad y apertura.

    Hoy, la empresa y la sociedad no necesitan caudillos atrincherados en nueva tecnología; necesitan líderes que entiendan que el liderazgo no es un ejercicio casual ni un espectáculo de certezas absolutas, sino una búsqueda esencial.

    El líder que urge en estos tiempos es un alquimista de los elementos emocionales: alguien capaz de tender puentes, de articular relaciones auténticas, de disolver la conflictividad y de colocar toda esa maquinaria digital que hoy posees al servicio estricto de lo humano.

    Para lograr ese tránsito —de la mediocridad a la búsqueda continua de la excelencia, de la crisis permanente a la mejora constante— requieres asumir el liderazgo como una disciplina de intervención en la conducta humana. Porque las personas no cambian por decreto ni por consignas absolutistas; cambian cuando aprendes a influir de tal manera que las ayudas a ser mejores seres humanos.

    Te invito a mirarte al espejo y aplicar en tu propia gestión este camino de tres momentos:

    1.- Darte cuenta: Desarrolla una observación aguda, libre de juicios precipitados. Observa tus propios comportamientos y los de tu equipo directivo. Identifica con precisión cuáles son las conductas que restan y no sirven a la misión.

    Pero ten cuidado: no se trata de exigir saltos cuánticos imposibles. Si en tu equipo hay un procrastinador crónico, no le exijas convertirse en un hiperproactivo de la noche a la mañana; acompáñalo primero a concentrarse en la tarea presente. Reconocer la conducta necesaria y realizable es el primer acto de sabiduría ejecutiva.

    2.- Desmontar para decidir: No puedes colocarte un par de zapatos nuevos si aún tienes puestos los zapatos viejos. No vas a lograr que tu organización abrace la innovación o el trabajo colaborativo si antes no desmontas las viejas creencias que sostienen las conductas anteriores.

    Tu rol es acompañar a tu gente a entender que lo que sirvió ayer quizás ya no es útil hoy, creando el espacio seguro para que decidan, por convicción propia, adquirir un nuevo modelo de actuación.

    3.- Concentrarse en la nueva conducta: Canaliza toda tu energía directiva y la de tu equipo hacia la construcción de lo nuevo, no en desgastarte luchando contra lo viejo. Cuando concentras el foco y la intención en la conducta deseada, el hábito anterior pierde fuerza por inanición.

    Radicalismo no es firmeza, firmeza no es poder, y el verdadero poder no es liderazgo.

    El liderazgo es, en su sentido más elevado, un camino hacia la solución y un acto profundo de servicio. Pero sé muy bien que sostener este tipo de transformación desde la soledad de la alta dirección no es tarea sencilla. Exige soltar inercias, cuestionar tus propias barreras mentales y aprender a mirar tu organización con otros ojos.

    Si sientes que ha llegado el momento de dar este salto en tu empresa, de pasar de la gestión rígida al liderazgo que articula y trasciende, no tienes por qué recorrer este camino a solas. Acompañar a directores y gerentes en este proceso de transformación humana y ejecutiva es, precisamente, mi propósito.

    Te invito a que conversemos, a que revisemos juntos el momento que atraviesa tu liderazgo y tu organización, y a iniciar un proceso de mentoría diseñado para desplegar la versión más humana y efectiva de tu equipo. Está todo por hacer.

    ¿Le damos juntos?